sábado 3 de octubre de 2009
El Queco se encuentra apesadumbrado. De repente siente como una sombra de duda embutida en la cresta de su cabecita. Mira en las alturas y allá a lo lejos, muy por encima de sus expectativas, reconoce el gris de una nube paseandera en los cielos. Y le ha tapado el sol. Ya tiene todo listo para gozar el fulgor del astro, y resulta que se le nubla el panorama. La sillita, el bronceador, algodoncitos humedecidos para los ojos, media zanahoria y la radio AM con unos buenos foxtrots hilvanando el silencio de la siesta y la terraza. Todo disperso en el toallón, como un aquelarre de tardes y verano. Pero se han nublado las cosas; y el Queco comienza el refunfuño típico de estos muchachitos; primero unas morisquetas que nadie entendería cómo plasmar en un rostro ajeno (los Quecos logran maravillas con sus músculos faciales), y luego de encontrar el punto justo de tensión entre el ceño, las mejillas y una curva en los labios cual plastilina, libera del pecho un sollozo bajito, mientras se planta las manos en la cintura. Y allí se queda unos minutos, con los ojos cerrados, esperando al abrirlos que todo sea un sábado de super acción. Pero es domingo de siestas, y lo único que escucha es el canturreo de la radio.
–¡Cálla ya, radio chillona! –logra esbozar en una moqueadita de niña. Apaga el aparato, maldiciendo su suerte.
Pobre muchacho. Tienen algo raro los Quecos, siempre andan tropezando con problemas. Pero pequeños. Por añadidura luego vienen los grandes; es como una ley universal kármica que llevan en su existencia, inamovible como una regla de tres simple.
Queco espera entonces que llegue un poco de viento, porque la tarde está de rechupete y en un tris tras va a poder disfrutar de un dorado virginal en su piel, para ir a presumirle luego a sus amigos de la escuela. Pero el viento no llega; pareciera que la nube entendiera lo que espera el Queco, la bondad del sol y como resultado un Narciso de terrazas. Y ahí se queda nomás, tapando los rayos. El Queco se lamenta, vuelve sus brazos al cielo queriendo convencer a la naturaleza con ruegos ancestrales de un documental visto el día anterior.
–Viento... –esboza como un cántico de Chamán.
–...Dile, a la lluvia... –logra escucharse desde lo lejos, de forma muy armoniosa y primaveral; un sonido preciso de cuerdas vocales buscando el juego.
Ya el Queco bajó los brazos y tiene arruinada la tarde, su intimidad y las ganas de sol. Se asoma hacia un lado y otro, dando vueltas como un trompo, buscando lo inevitable, y allá a dos terrazas de su casa, una Tita disfruta la tarde entre risas y albores de sol.
–Que quiero, volar...
–¡Tú no quieres nada, Tita bronceada, el que quiere un poquito de rayos ultravioletas soy yo, mírate ahí, toda ocre y chamuscada, y yo aquí como un esquimal! –avienta el Queco a través del silencio sepulcral de la tarde.
–Queco Queco, ¡mira mi bella piel atestada de este sol y el regocijo de sus rayos!
La Tita se levanta para ver mejor al muchacho, y este siente vergüenza de su cuerpito blanco como la nieve. Siente que pronto va a suceder algo, ese tipo de cosas fortuitas que pueden lograrse con sólo una sonrisa. Y Tita le está sonriendo, y Queco esperando lo inevitable. Tita mira al cielo, el sol le ciega la vista, luego mira al Queco, y aplaude y grita, mientras algunos perros responden con ladridos de armonía y tarde serena.
–Queco, ¿qué haces en la sombra? ¿No ves que mi amigo el sol quiere darte lo mismo que a mí?
–Tita sociable, no es tu amigo mi problema. Es esa nube que me lo tapa todo, y como verás, a ti parece que te resbala. Todo lo que tienes es el sol.
–Pero Queco, ¡es que yo no le presto atención a la nube! Por eso ella no me presta atención a mí y vuela tranquila en el techo azul... –dice la Tita, y de un salto floral comienza a dar vueltas en su sitio, llena de pasos y baile en sus pies. –Mira Queco, mira esto.
La Tita comienza a bailar ladanza. Salta, suelta sus cabellos y estos zigzaguean por el aire como un pincel dando batalla a un lienzo. Alza sus manitas y entorna cada uno de sus dedos, luego lleva las palmas a cada lado de sus caderas y menea toda su figura. Como es costumbre, el Queco se siente intimidado. Ya la tarde es toda de la Tita.
–No Tita, no me hagas la bailarina exótica que me pongo colorado. Ladanza no sirve para nada, sólo es un invento tuyo para olvidarte de todo.
–¿Es que no entiendes, Queco? Si te olvidas de esa nube que te tapa es mejor, vamos, mira mis pies cómo invocan al azar en cada paso, siente conmigo el ritmo del viento, vuelca tu cuerpo en un salto floral, anda, no seas parco.
Pero los Quecos son parcos por naturaleza. Éste en particular lo sabe, aunque siempre ha sentido la necesidad de ensuciar aunque sea una pizca su pulcritud, esa inercia de almidón en un cuello de camisa. Y la Tita esta allí, flotando en el baile, libre de ataduras, saludando la tibieza del sol.
Poco a poco el Queco lo siente venir; algo lo envuelve y se enciende en una de sus piernas; algo como un pulso constante, un golpeteo alegre que pide pasos, saltos, vueltas, bailes, gritos, zarandeo, y casi sin darse cuenta termina inventando un salto floral; mira a la Tita, que lo llama con sus manos, y así, lentamente, las suyas se elevan como atrapadas en una soga que la muchacha va tirando, grácil hacia ella, volviendo al Queco, sintiendo el vértigo del ritmo, tomando posición, abrazados a las cinturas, reinventando ladanza, en un grito de alegría que invade todo el espacio donde el silencio había traído quietud, donde todo estaba almidonado. Y el Queco y la Tita son plasticidad por los techos, colores fundidos, formas nuevas de a dos.
No sabe cómo, pero al dar el último paso, el Queco tiene tomada a la Tita, muy cerca, sintiendo su respiración agitada en el pecho. Mira sus brazos juntos, y una pequeña gota de sudor corre lentamente hacia abajo, resbala por su antebrazo, y se baña en la cintura de la Tita, que lo abraza llena de risas y júbilos de niña.
–Queco Queco, ladanza te sienta muy bien, aunque no esos pantaloncitos floreados. Te vendrían bien unas bermudas, que no el triángulo, ¿eh?
Otra vez el Queco que no entendió ni medio. Tita va y se sienta a tomar sol; Queco se queda parado. Todavía piensa en la nube y su terraza.
–Pero Tita, ¿qué hago yo aquí?
–Creo que está claro; tomas sol conmigo, Queco hermoso. Mira el colorcete que estás echando. Y bailas ladanza como un cacique, de rechupete.
El Queco mira al cielo. Siente como una evocación; pero en realidad lo que recuerda es que olvidó algo que se fue.
La nube ya no está.
El Queco se acerca a la muchacha con algo de temor, esperando una broma nueva. Pero Tita le hace lugar en su toallón, y le toma la mano para que se acomode junto a ella.
–Mira el sol, Queco; es todo nuestro. Como la vida. Deja que nos encandile.
Queco abre mucho mucho los ojos, mira directamente a la luz que lo enceguece, y ya no ve más nada. Pero sabe a la Tita a su lado, con los ojos tan abiertos como él.
Escrito por Juanopio a las 0:40
domingo 20 de septiembre de 2009
Un Queco chiquitito tiene sueño, mucho sueño, pero no puede dormir. Es que ha encontrado a Tita, y no quiere perdérsela por nada del mundo. La saluda de yemas, como tocándola, y le habla.
–Tita Tita, dime algo, aunque me duela.
La Tita lo mira, y le dice todo en un instante de ojos.
El Queco duerme.
Escrito por Juanopio a las 20:21
sábado 19 de septiembre de 2009
Un Queco camina por el parque, como quien huye en silencio de un tropezón público; pero tanta precaución lo lleva justo donde no tiene que ir, mete un piecito que calza hermoso cual Cenicienta, y ya está embarrado hasta la cintura. Busca entender el desastre y su motivos, pobre muchachito inocente (así se consideran los Quecos), y con toda la decepción posible en su consciencia, ve que un poco más allá, justo donde no se le ocurrió mirar, hay un camino; allí donde una Tita salta y salta como si de un baile se tratara cada paso que libran sus movimientos. El Queco da rabietas, maldiciendo su suerte de atragantado; siempre está con la cabeza en los pies y los pies en la espalda y la espalda en la frente; así de revueltos son estos seres. Las Titas, en cambio, van de tumbo a todas partes, y de pleuras y katanas hacen mundos apacibles. Ésta no es la excepción, ya que ahora mira al Queco hecha una simpatía de abrazo, y lo trae con soplidos donde ella.
–Ven Queco ven, sigue esto que hago –dice Tita, y comienza a inventar un camino de brazos y señas, hasta donde llevarlo a resguardo.
Queco piensa: "O esta Tita me ayuda, o me lleva para hacer una broma de las suyas". Pero como siente que se hunde, no le queda otra salida que moverse hasta donde la Tita le enseña, algo que parece un pequeño descanso bajo un árbol, justo donde el barro no existe. Queco se acurruca el cuerpo y le da como un asco pequeñito verse así, estira las manos para no tocarse y pone cara de nene triste, porque su ropa está almidonada de tintorero amigo. Llega hasta el descanso, justo cuando la Tita se sienta y le sonríe.
–Queco Queco, estás muy divertido con toda esa capa marrón, creo que voy a darte un abrazo.
–¡Sobre mi cadáver!
–Bueno.
–Tita hechicera, me haces verguenza en lo que soy. Ni todo este barro me protege de tí, voy a tener que sacar mis ropitas y no quiero que me veas en paños menores, ¡qué mala eres!
–Te prometo que no miro. Mejor no, no puedo prometer algo que quiero hacer, Queco. Pero no voy a reírme mucho, eso si.
El Queco quiere llorar, y Tita es pura sonrisa. Lentamente, el pequeño va despojándose de esa costra que lo cubre por completo; ahora está seca y resquebradiza. Sacude su cuerpecito pero está todo pegoteado, y queda por fin en paños menores, totalmente vulnerable frente a la Tita, que tiene una sonrisa de oreja a oreja. Pareciera que se enternece. El Queco no entiende.
–Bueno, aquí me tienes, Tita, te has salido con la tuya. Ahora ríete todo lo que quieras y revuélcate en la hierba de diversión y burla.
Pero la Tita está hecha pura ternura, y le regala una nube con lluvia para lavarse del barro. El Queco ya no entiende más nada.
–Es que así me gusta más –dice Tita, como abrazándolo por la tarde.
Escrito por Juanopio a las 19:12
jueves 14 de mayo de 2009
Queco se cansa en la ciudad; tanto pastiche urbano le nubla los anteojos, así que decide urdir un plan de día de campo en el descampado de la esquina. Este lugar es El Dorado del infante: tiene mucho pasto de selva imaginada, horizontes tapiados y algunos animales para jugar a que los corran despavoridos, entre aleteos y gorgojos. Se ha puesto los pantaloncitos cortos, pero también medias hasta las rodillas, no vaya a ser que los cardos le dañen la piel, y peor aún, sus gemelos tan bien cuidados. Sube al tapial del descampado con-todo-el-cuidado-del-universo, mira a un lado y otro buscando que nadie lo vea (los Quecos son tan exclusivos de ellos mismos), y ya está escuchando algo como un baile familiar, o la inminencia de una dificultad. Allí abajo, justo donde tiene pensado alunizar con un gran paso para el Queco y al corno la humanidad, una Tita hace círculos y corretea dando tumbos carneros, mientras los animales vuelan y saltan y vuelven a hacer lo mismo todo el tiempo, como buenos animales que son. Queco se lamenta, pues quiere jugar; el problema es que siempre lo hace solo y con sus reglas, las que ni él mismo trampea a pesar de ser creador absoluto. La Tita se lanza en vuelos al ras, tratando de alcanzar algún animalito. El Queco piensa “Que no la agarre, que no la agarre...”, pero ya la muchacha tiene su gallina preferida en el regazo y la acaricia con un canto.
–¡Tita ladrona, deja mi gallina en paz! –grita de saltos y caídas al pasto. Armstrong tendría la exclusiva, siendo más humilde.
La Tita echa un paso adelante, y Queco se aplasta contra el tapial, como buscando un escondite en las grietas.
–Queco Queco... ¿Es tu gallinita? Pues me gusta lo tuyo, ¿puedo jugar con ella yo también? –y lanza al aire al animal, que con unos aleteos truncos va a parar encima de un matorral. El Queco se espanta; la Tita hace burbujas de aire con el aire burbujeante y se las regala.
–¡Turuleca! ¡Ven aquí conmigo, vamos a comer bichitos!
–Es Turuleta, Queco.
–Esta gallina es mía, y es Turuleca, Tita insana. No me des vuelta ol euq ogid.
–Bueno. Pero es Turuleta, ¿estamos?
Queco hace pucheros con sus labios, Tita hace sonrisas y flores de las manos; casi que lo está convenciendo. Un vejo de impaciencia y nerviosismo se le agarra de adentro, como las patas de la gallina se aferran a las ramitas del matorral.
–Shhh, Tita; verás, sabrás y callarás –dice el Queco, dirigiéndose a la gallina en cuclillas. –Turuleca, ven aquí conmigo.
–Turuleta...
–¡Turuleca, Tita!
–Turuleta, ven con tu amiga la Tita.
El pobre animal no sabe hacia donde ir; se ha hecho un lío en la identidad. Mira a uno y otro, quiere arrancar hacia el Queco, luego la Tita, se mueve en el matorral, salta, no salta. Los pequeños rivales se acercan uno al otro agachándose, buscando complicidad y estirando sus manitas.
–Turuleca... –el Queco.
–Turuleta... –la Tita.
–¡Leca, Tita!
–¡Leta, Queco!
–¡Leca!
–¡Leta!
Leca, Leta, Leca, Leta... Ya la gallina está hecha puré de indecisión, pobrecita. Queco y Tita se han puesto uno al lado del otro y se codean, uno con el rostro colorado, la otra con la voz por el aire y dibujos en el vestido. Por fin de un salto la gallina va al suelo, y comienza a acercarse en un continuo zigzag que no hace más que desorientar, hasta que llega donde los dos, tan juntos que sienten el cuerpo del otro al contacto.
–Hola Leca! –dice Queco.
–Hola, Leta! –dice Tita.
Los dos se miran. Tienen en brazos a la gallina, y esta se siente tan a gusto que se deja acariciar y acariciar tanto por uno y otro.
–¡Lecaleta! –grita la Tita con un brillo de alegría.
–¿Lecaleta, Tita?
–Ladanza, Juanopio.
Los dos sonríen y se ponen a bailar Ladanza con la gallina Lecaleta. La Tita gira que gira, y al Queco se le han bajado las medias hasta los talones; los cardos acarician sus pantorrillas, y no le importa.
Escrito por Juanopio a las 12:53
sábado 28 de junio de 2008
Una Tita está parada frente a un pequeño charco de agua. Lo mira, le canta, hace morisquetas de niña traviesa. Juega con su mano y acaricia el contorno del charco, llenando el ambiente de risas cuando el viento hace caer alguna hoja y la convierte en barco. Queco llega donde ella y salta, como si de repente estuviera en territorio enemigo. Tita le hace una seña de ojos, igual que un tibio recuerdo llegando a la memoria.
–Mira mira, Queco; estoy aquí, y en el charco también –dice Tita, moviendo sus manitas para saludarlo.
El Queco no quiere. Pareciera que tiembla de pavor; nunca se había acercado tanto a una Tita. Pero Queco es muy curioso, y si alguien hace algo, él también tiene que hacerlo.
–A ver, hazme un favor, once pasos a tu izquierda, Tita tramposa. Voy a ver ese charco. Pero ni se te ocurra moverte de allí, porque voy a tener que salir corriendo y recién he bañado mi frágil cuerpo de hijo único.
Tita da un salto floral, mientras el Queco cuenta uno-a-uno los pasos que la llevan en dirección suroeste. Se acerca al charco para ver el reflejo, estira su rostro, y termina con un espanto encajado al alma. Mira a la Tita , que baila ladanza bajo una nube amable de sombra.
No entiende.
Se mira de nuevo.
No entiende.
Otra vez vuelve a mirar.
Un temor de erizo despierta en su cuerpo. Lo único que ve en el agua es el rostro de Tita cuando él acerca el suyo. Y le sonríe, igual que mientras baila.
Escrito por Juanopio a las 12:41
sábado 22 de marzo de 2008
Tita baila ladanza en el parque, porque ve que ya el sol se va del cielo. Entona una canción que sólo ella conoce (las Titas tienen virtudes ajenas a las de los demás), y eleva sus manitas como si en las palmas algo impulsara un rayo de atardecer al horizonte. Su voz se mezcla con la de los pájaros y ya nadie puede saber quién es quién. Queco la mira desde muy lejos, con distancia perseverante.
–Estas Titas, siempre con sus extraños rituales. El sol vuelve siempre, no sé para qué lo despide –dice, mientras se sienta en la hierba a buscar insectos para jugar carreras.
La Tita da una vuelta campana y encuentra al Queco allá a lo lejos; bate sus palmas y finalmente le sonríe. Levanta más sus brazos, se acomoda con unos pasos improvisados, y comienza a inundar el parque con su sombra, que se agiganta a medida que el sol baja. Queco escucha como un susurro en el aire y se le eriza el casco.
–¡Tita ridícula, no me mires más porque tendré que ir a reprocharte! –le grita hasta cansarse enseguida (los Quecos son muy alfeñiques). –¡No te me acerques!
Tita decide hacerle caso, pero sólo por diversión, ya que sabe lo que el Queco ni la más pálida idea. En su sitio, rueda una y otra vez por el aire, despliega su vestido de flores, inventa una reverencia para el ocaso, y en lo alto junta sus brazos como un círculo. Queco sabe lo inevitable de sus acciones: si da un paso más, se va corriendo hasta la esquina. Tanto ajetreo seguramente influirá en la altura de su jopo, pero está decidido al riesgo de perder algo de imagen. Muchos le han dicho que es muy necesario cuidarse de las Titas; pero nunca le dieron una razón, sólo la duda monstruosa de no saber. Es mejor quedarse distante; sí.
–Muchacha impúdica, no te atrevas a tocarme –murmura entre dientes.
Pero el sol ha bajado un poco más, las sombras de sus brazos se han extendido hasta donde está Queco, y la Tita lo abraza desde lejos.
Escrito por Juanopio a las 9:21
martes 4 de marzo de 2008
El Queco es bastante chicato. Todos hablan y conocen de la gran cautela en la que se mueve; inventar una acción azarosa sin que el púber ya se esté reguardando es técnicamente imposible. Pero todas estas virtudes (que él cree lo son) se deben a una sola cosa: anteojos. Graduados a la perfección, marcos extra resistentes, cristales irrompibles y a prueba de empaños. Sin sus ventanitas al mundo, no ve más allá de las narices.
Este Queco viene hecho pura atención, cosa normal, pero es que dentro de su accionar de piernas y pasos lleva un innato talento para tropezar con lo primero que se le cruza en el piso. Mira un pajarito en el árbol al cambiar de vereda, y ya está tirado boca abajo en el cordón, los anteojos que se van por la alcantarilla y adiós. El Queco abre los ojos y ve manchas divertidas en cada lugar, pero no para él, que ya lloriquea porque no sabe cómo volver a casa; encima el pantalón con tierra y la rodilla raspada. Su vista y las lágrimas le hacen un caleidoscopio en los ojos. Hasta que siente un aroma a danza, levanta su cabecita al cielo y el azul tiene un manchón incrustado que le habla.
–Queco, te caíste como siempre. Deberías considerar la posición horizontal para vivir, sería muy divertido, ¿no crees? –dice la Tita.
Ella sonríe pero el Queco no la ve hacerlo; lo siente y sabe. Casi que insulta, pero debe guardar las apariencias. Considera la huida, ve manchones de nuevo a diestra y siniestra y se toma la cabeza con las manos. La Tita le canta un viento de esperanza y extiende una mano.
–Ven conmigo –dice.
–¿Hay alguien mirando, Tita desvergonzada? –pregunta el Queco. –Es que...
–Ven –repite la Tita, se agacha junto a él y toma su mano.
El Queco siente miedo, espera una broma por parte de la muchacha, las piernas en el lago, gente y risas, burlas y dedos apuntándolo. Los dos se levantan y caminan por todas partes; la Tita da vueltas, inventa saltos, dibuja con sus pies los pasos de un baile, y el Queco no entiende nada de nada; sólo piensa en su casa y otros anteojos en el rostro. Luego de un zigzag improvisado, la Tita se detiene.
–Aquí estamos, Queco. Ve a buscar tus anteojos, te espero.
El chicato no entiende, tantea una puerta y se da cuenta que es la de su casa.
–Pero... –y se mete corriendo y a los tumbos. Vuelve luego con nuevos anteojos en sus ojos. –Tita, ¿cómo sabías?
–Pues no lo sabía, Queco. Creo que es simple. Tu camino es también el mío, ¿no?
El Queco no sabe qué decir, porque se siente bien. La Tita busca su sonrisa, y él se la da al momento. Quiere preguntarle algo. La Tita lo sabe y espera tranquila.
–¿Adónde vas?
–Para allá.
–¿Te puedo acompañar?
–Ven conmigo.
Queco y Tita se lanzan al camino y lo van construyendo a cada paso. La Tita da un salto floral y cuando cae, siente la mano del Queco en la suya, que la aprieta como con una pequeña caricia. Lo mira. Se ha sacado los anteojos.
Escrito por Juanopio a las 2:48
sábado 1 de marzo de 2008
A este Queco le han regalado un pescadito. Lo lleva en su pecera a todos lados como si de un perro se tratase; sus amigos lo miran bien, y a él le gusta (los Quecos son bastante presumidos de sus pertenencias). Luego de asegurarse que hasta el primo de la chica que vive en el quinto lo ha visto por el balcón, decide buscar a alguien que no conozca para mostrar su tesoro. Se marcha por una callecita floreada de balcones y macetas; en la vereda, una Tita juega rayuela. Está en el casillero siete, con un pie en el aire, a punto de avanzar, y mirándolo con ojos de platos hondos.
–¡Queco, Queco! ¡Mira qué bonito pececito! –y se lanza a los saltos donde el pequeño.
Queco ya desconfía; se aferra a la pecera con todas sus yemas. Pero claro, Tita está curiosa de su pertenencia. Toma aire, infla el pecho, e intenta mirarla altivo, levantando un poco sus talones.
–No seas equivocada, Tita imprecisa. Esto es un pescado, no un pez. Se llama así porque algún pescador lo cazó con red, y es mío ahora, sí, mío solo.
La Tita pegotea todo su rostro en el vidrio de la pecera, hace morisquetas, baila como las olas del agua. El pececito le sonríe por dentro, y se divierte con los juegos que esta inventa. Da saltos de un lado a otro y se hace amigo.
–Oye Queco, tengo muchos pececitos también, tantos, que nunca puedo terminar de contarlos, porque siempre están yendo de un lado a otro; son todos míos y yo soy de ellos –dice Tita, con el dedo dando vueltas junto al pescado.
Ya no le ha gustado al Queco. Estas Titas, siempre dando la nota. No le cree, seguro lo dice para gastarle una broma y ganarse la amistad de su mascota.
–Mientes.
–Ven conmigo y te muestro.
–Me vas a bromear.
–La broma es mi idioma, ¿no sabías, Queco? ¡Vamos!
La Tita lanza un corretear de saltos florales, el pobre Queco no quiere perder carreras y la persigue, con mucho cuidado de no sacudir la pecera (el agua estaba nuevita de la canilla). Toman un atajo, suben por veredas, atraviesan jardines, despiertan viejas de siestas, y llegan al parque en un tris tras. Queco está agitado; pareciera que él es un pez fuera del agua en este momento, por la forma en que respira. Tita lo espera unos metros adelante.
–Yo sabía, estás jugando conmigo, Tita lúdica. En el parque no hay peceras.
–Claro que no, yo no tengo peceras –dice la Tita con sonrisas y paletas de dientitos en su boca. Camina un tramo más, y le señala con el dedo. –Tengo estanque.
Queco mira, y los ojos no le alcanzan. El agua resplandece con los rayos del sol, y montones de peces se acercan al costado del estanque; Tita descalza sus piecitos y los remoja, mientras sus amigos le hacen cosquillas en los tobillos para saludarla.
–Queco, Queco, deja que se salude lo tuyo con lo mío, ven aquí conmigo.
Pobre Queco; así se siente el pequeño. La Tita es otro brillo bajo el sol, los peces bailan con ella, y él solo con su mascota. Lentamente se acerca; descalza los piecitos para mojarlos, y vacía la pecera en el agua. Mientras, su pescado vuelve a ser pez; ahora recorre el estanque completo. Todos los peces juegan con los tobillos de Queco y Tita.
Escrito por Juanopio a las 1:40